Elogio a dos litorales
Recuerdos del Malecón y la Costa Verde
Entre las viejas casas despintadas y el mar se encuentra uno de los lugares más hermosos de la Tierra: el largo malecón de La Habana que se extiende en mi memoria por más de siete kilómetros. Recuerdo mis primeras noches en Cuba, cuando caminaba desde el Vedado por todo lo largo de Paseo o de la avenida 23. Qué placer llegar finalmente hasta el Malecón, escuchar la música de las olas chocando contra el muro y salpicándome en la cara.
Algunas mañanas de febrero el mar se escapaba y bañaba casi todos los carriles. Esos días, el paso por el malecón quedaba restringido, generalmente por unas horas. Recuerdo haber visto cúmulos de piedritas y charcos cubriendo algunos tramos. ¿Por qué han cerrado hoy el Malecón? Pregunté un día a Pedro que nos llevaba temprano al trabajo, cruzando el túnel, para la Feria del Libro. Pues son las piedras del oleaje, lo que la tierra le da al mar, a veces el mar lo devuelve.
En La Habana, a diferencia de Lima, no hay tantos autos e imagino que resulta más fácil desviarlos cuando las olas se quieren comer la costa. La plana geomorfología de la capital cubana permitió que se construyeran hasta seis carriles al lado del Malecón, lo que en Lima se limita a cuatro por el estrecho espacio entre el mar y el acantilado.
No tengo nada contra las vías cerca al mar que no lo tenga contra las vías en otros ecosistemas. Como toda obra humana, creo que su construcción debe ser consciente de los impactos que generan así como de los impactos a los que son susceptibles por su intromisión. Es más, creo que la presencia de vías cerca al mar influye en mi percepción del Malecón (en La Habana) y de la Costa Verde (en Lima) como espacios intrínsecamente urbanos. Sin embargo, creo que es importante reconocer el carácter de continuidad y ruptura que representan. Continuidad porque siguen siendo la ciudad y en alguna medida dibujan el acceso a ella; ruptura porque implican límites y el principal entre ellos es la proximidad del mar: la finitud de la ciudad.
En Lima, por ejemplo, la continuidad hacia el litoral es transgredida con infraestructuras privadas (clubes, restaurantes, etc.) y con espacio público acaparado por materialidad privada (es decir, avenidas pobladas de autos).
Estoy convencida que una de las principales diferencias entre el Malecón en La Habana y la Costa Verde en Lima, además de la cantidad de autos que es exponencialmente mayor en la capital peruana, es la diferente apropiación del litoral como espacio público continuo, así como su integración al imaginario de la ciudad y su peso en la identidad urbana. ¿Qué implica en Lima el hecho de vivir frente al mar? Sabemos cómo lo valorizan las empresas inmobiliarias con la construcción masiva de departamentos, un lujo que sólo en sueños alcanzaría la mayoría. Pocos han sido los proyectos que desde la iniciativa pública han buscado reivindicar el derecho de acceso al litoral para todos. Un futuro proyecto de tal naturaleza deberá limitar, sin duda alguna, que la cultura del automóvil se apropie a sus anchas del espacio público-litoral.
Siempre recuerdo Cuba de tarde y desde el malecón. De Lima tengo muchas más imágenes conmigo, pero entre las más bellas está su litoral mirado desde el Morro Solar. Aunque la justicia intrínseca del mar esté disponible a la sensibilidad de todo el que se pare frente a él, el acceso a los litorales en tanto que espacios públicos, así como su disfrute individual y colectivo, no son derechos garantizados hasta que no los reconozcan las políticas urbanas. Vivir en una ciudad costera debería implicar la valorización de su litoral, además del reconocimiento de este espacio como constitutivo de las identidades urbanas.

DESDE ABAJO Del morro. Muelle de chorrillos, SETIEMBRE 2011